Ideas DIY reales y asequibles para convertir tu jardín, terraza o patio en un oasis personal: luz, madera, plantas nativas y trucos que sí funcionan.
A la hora de la siesta, el patio huele a tierra húmeda y romero. En la mesa hay un puñado de azulejos rotos, un pincel cansado y una maceta esperando color. No hace falta más: con pocas piezas y algo de tiempo, un jardín cualquiera empieza a contar tu historia.
Antes de clavar un clavo, define qué quieres sentir al cruzar la puerta. Menos es más: elige una paleta y un estilo. Mediterráneo (cal, terracota y azul), boho (textiles, fibras y plantas colgantes) o minimalista (verdes sobrios y madera clara). Esa brújula evita compras impulsivas.
Un truco útil en terrazas pequeñas de ciudad – Madrid, CDMX o Bogotá – repite materiales. Si usas madera y cuerda, que se vean en macetas, bancos y soportes. La coherencia visual agranda el espacio.
Latas de conserva como macetas, bien lijadas y pintadas con esmalte para exterior. Si añades números o pequeñas etiquetas de pizarra, nacen mini huertos aromáticos ordenados y duraderos.
Con restos de azulejos, crea un mosaico en la tapa de una mesa o en el borde de una jardinera. No hace falta perfección: la imperfección tiene encanto y aguanta la intemperie con una capa de sellador.
La noche se gana con luz. Tarros de vidrio con guirnaldas LED solares dentro, o faroles hechos con latas perforadas. Colócalos a distintas alturas para sombras suaves. Un banco de palets —lijado y protegido con barniz al agua— convierte la esquina olvidada en el lugar del café.
En vertical, todo cabe. Un palet anclado a la pared se transforma en jardinera con bolsillos de geotextil. También sirven botellas cortadas a modo de macetas: riego por goteo sencillo y barato. Y para sumar textura, soportes de macramé con cuerda de algodón.
Plantas nativas y resistentes: menos sed y menos mantenimiento. En épocas de sequía —cada vez más comunes en España—, riego por goteo y acolchado con corteza o grava fina; el suelo retiene humedad y tu factura lo agradece.
Haz una compostera con un cubo con tapa y agujeros: restos de cocina se vuelven abono. Un “hotel de insectos” con cañas atrae polinizadores; una pequeña fuente con bomba solar refresca sin cables. Contra mosquitos, macetas de citronela, albahaca o romero cerca de la mesa.
Un camino de grava fina con bordes de madera dirige la vista y evita barro. Piedras pintadas como señaladores (“tomillo”, “salvia”). Una vela de sombra bien tensada crea un microclima; si el viento molesta, un panel de cañas hace de cortavientos ligero y bonito.
Seguridad que no se ve: lija esquinas, usa tornillos galvanizados y protege la madera con aceite de teca. Guantes siempre. Y nada de agua estancada: en patios tropicales, es salud.
Al final, un jardín DIY no es un catálogo perfecto. Es ese rincón donde cruje la grava, se oyen los gorriones y el tiempo baja la voz. Un lugar que te reconoce cuando vuelves con tierra en las uñas y la cabeza más liviana.
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