Descubre las playas más hermosas de la Sicilia oriental: calas de Vendicari, arena dorada en Fontane Bianche, roca volcánica en Aci Trezza y consejos útiles para disfrutarlas.
El primer baño llega casi sin aviso. Dejas el coche bajo una higuera, el aire huele a limón y a sal, y al fondo, ese azul que no cabe en la pantalla del móvil. La Sicilia oriental tiene ese don: te mete el verano en los hombros, sin prisa y sin ruido.

Entre Catania, Siracusa, Ragusa y Messina se despliegan playas muy distintas a pocos kilómetros. La gracia está en combinar postales: arena dorada un día, calas salvajes al siguiente, y al tercero roca volcánica y snorkel.
La postal clásica: arena clara y agua transparente
Fontane Bianche es el “sí” inmediato: agua de piscina, fondo de arena, chiringuitos italianos (lidi) y también tramos de spiaggia libera. Llega temprano en agosto: el aparcamiento se llena y el sol cae a plomo a mediodía.
Más al sur, San Lorenzo y la vecina Marzamemi mezclan playa y vida lenta. Un baño, una granita con brioche todavía fría, y esa paz de pueblo marinero. Consejo práctico: alterna zona libre y hamaca de pago según el día; la sombra no es capricho aquí.
Naturaleza intacta: calas de reserva
Calamosche, dentro de la reserva de Vendicari, es el capítulo “Mediterráneo intacto”. Agua calma, peces a un palmo y cero discotecas. Hay que caminar 15–20 minutos, no hay servicios: lleva agua, algo de fruta y una bolsa para tu basura. Si sopla el siroco, pueden aparecer medusas; con norte suele estar cristalina.
En la punta más al sur, Isola delle Correnti te recuerda que aquí se encuentran Ionio y Mediterráneo. La playa es amplia y ventosa; ideal si te gusta esa sensación de horizonte. Un pareo pesado o una sombrilla bien clavada te ahorran batallas con el aire.
Piedra volcánica y azul profundo
La Riviera dei Ciclopi (Aci Trezza, Aci Castello) no es de tumbarse tanto como de flotar con gafas y escarpines. Plataformas de lava, agua limpia y columnas basálticas como decorado. Perfecto para un chapuzón largo y una birra fría mirando los farallones.
Más al norte, Taormina baja al mar en Isola Bella, una cala de guijarros finos y agua de vidrio. Hay poco espacio: madrugar funciona. Si te alojas arriba, el funicular hasta Mazzarò evita el tráfico y las ZTL del casco histórico. Giardini Naxos y Letojanni ofrecen arena para familias y una puesta de sol de “una más y nos vamos”.
Pequeñas costumbres que elevan el día
Protector solar a mano, efectivo para aparcamientos estacionales y escarpines si vas a roca. En playas de reserva, respeta la posidonia: es vida, no “algas feas”. Y un ritual infalible: arancini al salir del agua, siesta corta, paseo al atardecer. El verano italiano cabe en esa secuencia.
Al final te llevas la piel salada y una certeza sencilla: la belleza aquí no grita; te habla bajito, con piedra, luz y tiempo.





